Más allá de la báscula: la composición corporal como verdadero indicador de salud
“Lo que realmente importa no son los kilos que marca la balanza, sino la distribución de la grasa, el músculo y el agua en nuestro organismo. La obesidad ya no se define con una simple fórmula matemática.”
Durante décadas, el Índice de Masa Corporal (IMC) –que se obtiene dividiendo el peso en kilogramos entre la altura en metros al cuadrado– ha sido el patrón de referencia para clasificar el peso de una persona. Sin embargo, la comunidad científica coincide cada vez más en que este indicador resulta insuficiente y, en muchos casos, engañoso. La evidencia acumulada en los últimos años ha relegado al IMC a un segundo plano, dando paso a un enfoque mucho más completo y personalizado: el análisis de la composición corporal.
¿Por qué el IMC ya no es suficiente?
El principal problema del IMC es que no distingue entre los diferentes componentes del cuerpo. Dos individuos pueden tener exactamente el mismo valor de IMC y, sin embargo, presentar riesgos metabólicos radicalmente distintos. Entre las limitaciones más destacadas se encuentran:
- No diferencia entre grasa y músculo: una persona muy musculosa puede tener un IMC elevado sin tener exceso de grasa.
- Ignora la distribución de la grasa: no indica si la grasa se acumula en el abdomen (grasa visceral) o en caderas y muslos (grasa subcutánea).
- No considera la edad, el sexo ni la constitución física: los umbrales son iguales para todos, lo que genera clasificaciones erróneas.
- No detecta el riesgo cardiometabólico real: muchas personas con IMC normal padecen obesidad visceral y desarrollan enfermedades silenciosas.
Un ejemplo clásico es el de dos varones de 45 años, ambos con un IMC de 28 (considerado sobrepeso). El primero acumula grasa predominantemente alrededor de los órganos internos –la temida grasa visceral–, mientras que el segundo tiene mayor porcentaje de grasa subcutánea repartida en caderas y piernas, o incluso una masa muscular elevada. Aunque la báscula los sitúe en la misma categoría, el primero presenta un riesgo significativamente mayor de desarrollar diabetes tipo 2, hipertensión arterial y enfermedades cardiovasculares.
La voz de la especialista: Carolina Perdomo, endocrinóloga de la Clínica Universidad de Navarra
“Con frecuencia nos sorprendemos cuando una persona joven y aparentemente delgada sufre un infarto o un ictus. Solemos preguntarnos cómo pudo pasar desapercibido. La respuesta, en muchas ocasiones, es que únicamente se valoró su IMC, sin analizar su composición corporal real”, explica la doctora Carolina Perdomo, especialista en Endocrinología y Nutrición de la Clínica Universidad de Navarra (CUN).
Para evitar estos errores diagnósticos, los especialistas reclaman una evaluación más exhaustiva que incluya mediciones antropométricas como el perímetro de cintura, así como pruebas que permitan visualizar directamente la distribución de la grasa. En este contexto, la ecografía abdominal está ganando un protagonismo creciente por tratarse de una técnica “accesible, barata y con gran fiabilidad para evaluar el riesgo de diabetes y prediabetes en personas con exceso de adiposidad”, subraya la doctora.
La ecografía abdominal: una ventana al interior del cuerpo
A diferencia de la simple medición del peso o del IMC, la ecografía permite distinguir con claridad entre los dos tipos principales de grasa abdominal:
- Grasa subcutánea: se localiza justo debajo de la piel y, aunque no es inocua, su impacto metabólico es menor.
- Grasa visceral: rodea los órganos internos (hígado, páncreas, intestinos) y se asocia directamente con resistencia a la insulina, inflamación crónica y enfermedades cardiovasculares.
Esta capacidad de discriminación convierte a la ecografía en una herramienta diagnóstica fundamental. Además, puede realizarse en la misma consulta, sin radiación y a un coste reducido, lo que facilita su implementación tanto en atención primaria como en especialidades como endocrinología, cardiología o medicina interna.
Primer estudio: la grasa subcutánea como alerta metabólica
Una investigación liderada por la doctora Perdomo en la CUN, publicada en la revista Journal of Diabetes and Its Complications, propone incorporar la ecografía del tejido adiposo a la práctica clínica habitual. En el estudio se analizaron más de un centenar de ecografías abdominales, midiendo los distintos estratos de grasa en la región del ombligo.
Los resultados mostraron que la grasa subcutánea situada por encima del ombligo puede funcionar como un marcador de alteraciones metabólicas. Concretamente, los pacientes con un grosor de grasa superior a 1,8 centímetros presentaban niveles significativamente más altos de presión arterial sistólica, triglicéridos, insulina y creatinina, todos ellos parámetros que indican un peor perfil cardiometabólico. “Además, estas personas tenían una probabilidad muy superior de padecer prediabetes o diabetes”, añade la endocrinóloga.
Para quienes deseen profundizar en el monitoreo de su salud desde casa, una báscula de composición corporal puede ofrecer una primera aproximación, aunque siempre bajo supervisión médica.
Segundo estudio: ecografía frente a resonancia magnética
Otra investigación, liderada por el Departamento de Medicina y Cirugía de la Universitat Rovira i Virgili y publicada en Diabetes, Obesity and Metabolism, comparó la precisión de la ecografía abdominal con la de la resonancia magnética, considerada la técnica de referencia para cuantificar la grasa visceral. El estudio concluyó que la ecografía ofrece resultados comparables, lo que la convierte en una alternativa válida y mucho más accesible.
El equipo también estableció umbrales concretos asociados a riesgo metabólico:
- Un grosor de grasa visceral igual o superior a 7,35 centímetros se relacionó con un alto riesgo de prediabetes.
- A partir de 5,77 centímetros, aumentaba significativamente la probabilidad de síndrome metabólico (un conjunto de factores que elevan el riesgo cardiovascular).
Estos valores permiten a los médicos estratificar el riesgo de forma más precisa y temprana, incluso en personas con un IMC normal.
Herramientas complementarias para el autocuidado
Además de la ecografía, existen otras herramientas que pueden ayudar a conocer mejor la composición corporal. La bioimpedancia eléctrica, presente en muchas básculas domésticas, estima el porcentaje de grasa, músculo y agua mediante una corriente de baja intensidad. Aunque menos precisa que la ecografía, resulta útil para el seguimiento evolutivo. También es recomendable contar con una cinta métrica corporal para medir el perímetro de cintura, un indicador sencillo y validado de la grasa visceral.
Para los profesionales de la salud que deseen incorporar la ecografía a su práctica, existen ecógrafos portátiles de calidad diagnóstica que facilitan su uso en la consulta diaria.
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